En la foto, Desirée Bela-Lobedde, escritora, ponente y activista afrofeminista y antirracista.
Este artículo nace de la jornada “Garantizar derechos, combatir el racismo”, organizada por el Departament d’Igualtat i Feminismes de la Generalitat de Catalunya y celebrada el 19 de marzo de 2026 en el Ateneu Barcelonès, en el marco del Día Internacional para la Eliminación de la Discriminación Racial.
El otro día estuve en un lugar donde creo que tendría que haber habido mucha más gente.
No porque fuera un gran evento.
Ni porque hubiera grandes titulares.
Sino porque escuché experiencias y argumentos que no suelo oír en los medios de comunicación.
Voces, ideas y matices que a menudo quedan fuera del relato más visible.
Y, al mismo tiempo, allí se dijeron cosas que me interpelaron.
Cosas que me atraviesan y que no me dejaron indiferente.
Salí de allí con la sensación de haber aprendido.
Y, sobre todo, con ganas de saber más y seguir profundizando.
También me di cuenta de algo que me incomodó: lo fácil que es vivir de relatos.
Relatos que asumimos y repetimos sin apenas cuestionarlos.
Vamos de uno a otro, sin detenernos a pensar qué hay detrás de ellos realmente.
De aquel día, hay ideas que todavía resuenan en mí.
Ideas que no son mías,
pero que necesito no dejar pasar.
Que el racismo no es solo una cuestión de comportamientos individuales,
sino que tiene una dimensión estructural.
Que algunos relatos —como el de “tierra de acogida”— pueden parecer positivos,
pero también limitar nuestra capacidad de cuestionar qué significa realmente acoger.
Que el lenguaje no es neutro,
y que preguntas aparentemente inocentes —como “¿de dónde eres de verdad?”— pueden poner en duda la legitimidad de quien las recibe.
Que tendemos a simplificar lo que es complejo —clase, género, raza, religión—
y que decir “no es racismo, es clasismo” no siempre ayuda a entender lo que ocurre.
Que el racismo atraviesa experiencias cotidianas.
Y que las instituciones no son neutrales, porque lo que ocurre en su día a día también forma parte de cómo se reproduce el racismo estructural.
Que los cambios estructurales no suceden solos:
requieren conciencia, voluntad política y acción.
Que hay una generación con muchas ganas de sentirse de aquí, de formar parte y de construir lo que vendrá.
Y esto nos coloca, inevitablemente, en un lugar de corresponsabilidad y nos interpela en cómo educamos, en cómo intervenimos y en cómo sostenemos los espacios del día a día.
Más allá de lo que escuché, también me llevé una sensación muy concreta.
Me sentí reconfortada.
Porque muchas de las incomodidades que he sentido —como miembro de una familia atravesada por la cultura catalana, latina y norteafricana— y que a veces mi entorno cuestiona, allí tomaban nombre.
Y eso, de algún modo, alivia. Me alivia.
Porque hablar de racismo incomoda.
Pero no hacerlo, aún más.
Este texto no aspira a ser un resumen.
Es, sobre todo, un intento de dejar huella de lo que viví aquel día y de recordarme a mi misma todas las ventanas que todavía debo abrir para entender y aprender más sobre el racismo. También quería aprovechar esta oportunidad para agradecer a Tenzul Zamora, por conducir y sostener la conversación, y a Desirée Bela-Lobedde, Pastora Filigrana, Jeffrey Abé Pans y Mohamed El Amrani, por la generosidad de compartir experiencias y mirada, por la claridad, el respeto y la sinceridad.
Gracias por por hacer posible un espacio así.
De esos que no siempre son cómodos,
pero que son necesarios.
Y gracias tambien a Layla Zaoui, con quien compartí butaca y algunos comentarios en petit comité mientras escuchábamos.
Hay días en los que no sales igual de donde entras.
Y este fue uno de ellos ✨





